Últimamente, cada vez que termino un libro, me quedo pensando en algo que antes quizá no veía tan claro. La mujer en la literatura ya no ocupa el lugar de siempre. O, mejor dicho, por fin está dejando de ocuparlo.
Durante muchos años, muchas historias parecían construirse alrededor de personajes femeninos que estaban ahí, sí, pero no siempre desde un lugar propio. A veces eran el apoyo emocional de otro personaje. Otras veces, el motor del conflicto. Y en muchos casos, incluso cuando tenían fuerza, daba la impresión de que seguían orbitando alrededor de una historia que no terminaba de pertenecerles del todo.
Ahora lo siento distinto.
Ahora me encuentro con mujeres que no están en la historia para completar nada, ni para suavizar nada, ni para responder a una idea concreta de lo que deberían ser. Están ahí con toda su complejidad. Con sus contradicciones. Con sus errores. Con su forma de mirar el mundo. Y eso, aunque parezca algo pequeño, cambia por completo la manera en la que leemos.
Porque ya no se trata solo de que una mujer protagonice una novela. Se trata de cómo está escrita esa mujer. De si de verdad tiene voz. De si toma decisiones. De si se le permite equivocarse, dudar, romperse o incluso incomodar, sin que el texto sienta la necesidad de justificarla a cada paso.
Y creo que ahí está una de las transformaciones más interesantes de la literatura actual.
Cuando pienso en algunas novelas recientes, lo que más me atrae no es que tengan “personajes femeninos fuertes”, porque, sinceramente, esa expresión se me ha quedado un poco corta. Lo que me interesa son los personajes femeninos completos. Los que no están diseñados para encajar en una etiqueta, sino para parecerse un poco más a la vida. A cómo somos de verdad. A lo difícil que es, a veces, decidir, sostenerse, cambiar o simplemente seguir adelante.
Hay protagonistas que no necesitan levantar la voz para tener presencia. Otras que se mueven en contextos hostiles, complejos, duros, y consiguen hacerse un lugar sin perder su identidad. Y también están las que no pretenden ser admirables todo el tiempo, pero precisamente por eso resultan más cercanas, más creíbles, más vivas.
A mí eso me interesa mucho más que cualquier idealización.
Quizá porque, como lectora, cada vez busco menos personajes perfectos y más personajes verdaderos. Y creo que no soy la única. Tengo la sensación de que los lectores también están cansados de ciertas fórmulas. Ya no basta con decirnos que una mujer es valiente, libre o diferente. Queremos verlo en cómo piensa, en lo que calla, en lo que arriesga, en la forma en la que se enfrenta a lo que le toca vivir.
Y eso obliga también a escribir de otra manera.
Obliga a mirar más de cerca. A simplificar menos. A dejar espacio a la ambigüedad. A entender que una mujer dentro de una historia no tiene por qué representar nada más que a sí misma, y que eso ya es suficiente.
Personalmente, me gusta mucho esta evolución. No por una cuestión de tendencia, ni porque sea “lo que toca”, sino porque me parece que enriquece la literatura. La hace más amplia, más honesta, más interesante. La llena de matices que antes muchas veces no estaban o no se permitían.
Al final, una buena historia no depende de si la protagoniza un hombre o una mujer. Depende de si está viva. De si tiene verdad. De si deja algo en quien la lee.
Y creo que ahora, por suerte, estamos leyendo cada vez más historias contadas desde mujeres que no piden permiso para existir dentro de la página. Mujeres que no están ahí para adornar el relato, sino para sostenerlo, romperlo, empujarlo o transformarlo.
Y eso, como lectora, me parece una muy buena noticia.
Crea tu propia página web con Webador